Conquiliología y Ecologismo


La Ecología es un ciencia muy compleja que excede a la capacidad de la mayoría de los ecologistas y público en general (y si no, que levanten la mano los que sean capaces de resolver un sistema de ecuaciones diferenciales) No obstante, no hace falta ser un experto para asimilar un par de ideas bastante obvias:

  • si destruimos las cosas a un ritmo mayor del que se producen,
    acabaremos por quedarnos sin ellas
  • si destruimos el entorno que los organismos necesitan para vivir, desaparecerán.

    En esta situación, parece claro que habría que tener al menos un poco de cuidado con el objeto de nuestra pasión, los moluscos, si queremos que nos duren. Afortunadamente, la mentalidad del coleccionista actual no es ajena a la idea del conservacionismo y uno puede esperar que la mayoría de ellos respeten unas mínimas normas para preservar las especies que tanto aprecian.

    No parece haber ningún peligro en recoger conchas en la playa (lo que los ingleses llaman beachcombing) o al menos yo no logro imaginar ninguno... Tampoco parece que haya mucho de qué preocuparse en cuanto a la compra de ejemplares procedentes de la pesca general (es sin duda mucho más preocupante para los peces objeto de dicha pesca) o comprados directamente a los propios pescadores, en cuyo caso sólo sería preocupante la existencia de una demanda irracional de una determinada especie que acabara creando un mercado propio que proporcionara subsistencia a suficiente gente que se dedicara en exclusiva a su captura, situación sin duda bastante improbable...

    Algo más de riesgo entraña la captura directa por buceadores, sobre todo en ecosistemas que puedan considerarse delicados como los arrecifes de coral. No obstante basta con tener en cuenta algunos consejos para reducir el riesgo a unos mínimos razonables:

  • Enterarse previamente de la existencia de especies protegidas o especialmente amenazadas (lo cual además nos evitará disgustos en la aduana si estamos en el extranjero)
  • Capturar sólo los ejemplares que se necesiten, es decir los menos posibles.
  • Evitar capturar ejemplares jóvenes o inmaduros o que se encuentren vigilando una puesta (caso de las Cypraea, por ejemplo)
  • Dejarlo todo como estaba, especialmente las rocas o corales que constituyen un refugio esencial para estos animales.

    Debe tenerse en cuenta que los moluscos son esencialmente abundantes y son activamente capturados por otras muchas especies, a lo cual tienen respuesta en la enorme cantidad de huevos que depositan en cada puesta. Siguiendo estos consejos, la presión humana sobre los moluscos no debería ser superior a la de cualquier otro depredador, salvo que media humanidad se vuelva loca y se lance, escafandra en mano, a su captura.

    Una última recomendación para tener la conciencia tranquila, aunque en la mayoría de los casos es difícil de llevar a cabo, sería la de no adquirir ejemplares procedentes de países que no hayan suscrito los acuerdos internacionales sobre el tráfico de especies amenazadas (CITES) y que, por lo tanto no garantizan que dichos ejemplares se hayan obtenido sin poner en peligro a la especie. Podría objetarse -y con razón- que muchos países sí han firmado estos acuerdos aunque en realidad luego no los cumplen, pero uno no puede estar en todo...

    No obstante, la mayor amenaza que pesa sobre los moluscos, como casi todas las especies, es sin duda la destrucción de su entorno y aquí la responsabilidad puede repartirse en varios frentes, pero desde luego, no es atribuible a los coleccionistas. En primer lugar, diversas técnicas de pesca, como el arrastre, tienen consecuencias bastante nefastas sobre la estructura de los ecosistemas bentónicos (o sea, del fondo marino), vamos que dejan el hábitat de los moluscos (y de muchas otras especies) hecho un asco. Sin embargo, a pesar de la existencia de tímidos esfuerzos en este sentido, resulta una práctica difícil de prohibir por cuanto proporciona una parte importante de la riqueza de muchos países (y no precisamente de los más ricos) y da de comer a muchas familias.

    También la actividad comercial e industrial da lugar a situaciones de contaminación (mareas negras, vertidos incontrolados, etc...) que resultan muy dañinas para todos los organismos que habitan en la franja costera, especialmente en los mares cerrados como el Mediterráneo.

    Pero lo que sin duda ha ejercido y ejerce una influencia más negativa sobre el hábitat costero es el auge del turismo con todo lo que conlleva: construcción masiva e inadecuada (cuando no incontrolada), aumento de la presión pesquera y actividad industrial, vertidos urbanos multiplicados (lo cual es un bonito eufemismo para indicar que la producción de excrementos humanos se multiplica por un factor de diez en verano en la Costa del Sol -por ejemplo- y no tenemos bastantes depuradoras), etc... Todo ello sin contar con que el turista medio no está dotado de excesiva conciencia ecológica: paga por divertirse y se divierte a toda costa.

    Sin embargo no debe caerse en el error de difundir bulos alarmistas e injustificables como el que hace poco agitaba a los conchólogos de CONCH-L, irritados por la afirmación que se hacía en una página ecologista de que la Tridacna gigas (el mayor molusco viviente, una almeja de 250 kilos) estaba a punto de extinguirse porque los turistas buceaban hasta ellas y les cortaban pedazos del manto en vivo con una navaja para comérselos después en su bonito yate turístico. Según parece, aparte de que el manto de la Tridacna es bastante incomestible (lo que sí es comestible es el músculo, motivo por el cual los polinesios las pescan de toda la vida), resulta del todo imposible acercarse a ella sin que cierre las valvas a bastantes metros de distancia (motivo por el cual hay que pescarlas enteras), asi que la historia es completamente infundada. No sé qué brillante mente habrá urdido tan rocambolesca historia, tal vez algún ecologista con prisa por arreglar el mundo (aunque le hace un flaco favor al ecologismo) Lo que sí estoy casi seguro, es que no era un ecólogo.