Sobre los nombres científicos


Una de las primeras cosas que llaman la atención cuando uno se adentra en el apasionante mundo de la Biología es esa especie de apéndice que les aparece en muchos sitios a los nombres de los organismos, cosas tales como: "el mejillón (Mytilus edulis) se une a cualquier objeto mediante...". Bien, todo el mundo sabe lo que es un mejillón, entonces ¿a qué viene el latinajo posterior? Eso es precisamente lo que vamos a intentar aclarar aquí.

En primer lugar, todos sabemos lo que es un mejillón... siempre y cuando hablemos en español, porque para ingleses, franceses, indonesios y en general unos 5.600 millones de habitantes de este planeta (muchos de los cuales los han probado alguna vez) la idea de "mejillón" no está ni mucho menos clara.

En segundo lugar, hay mejillones y mejillones. Bueno, mejillones accesibles al gran público no hay tantos, pero pensemos en almejas: cuando uno se come unas almejitas, ¿qué es lo que se está comiendo en realidad? Porque hay al menos varias docenas de tipos de almejas que se consumen habitualmente, muchos de los cuales ni siquiera tienen un nombre concreto en nuestro idioma...

Estos dos problemas, el de la identificación exacta de los organismos y el de la comunicación de ideas entre gentes de cualquier idioma son, precisamente, los que viene a resolver la nomenclatura científica. Siempre y cuando seamos capaces de manejarla, claro está.

Para empezar deberíamos dejar constancia de que este sistema fue inventado por el famoso naturalista sueco Carl von Linné (o Linnaeus, o Linneo en español) y utilizado por primera vez por él mismo en su obra "Systema Naturae" en 1758. El hecho de que a estas alturas todavía se siga utilizando da idea de lo efectivo que resulta.

Y la verdad es que es muy efectivo, entre otras cosas porque es muy simple, al menos en principio. Se parece bastante al sistema que utilizamos para nombrar a las personas: nombre y apellidos. Sólo que en este caso el nombre correspondería a la especie y el apellido al Género, y se escriben al revés, como en las listas oficiales: Pérez, Antonio. O Mytilus edulis, tanto da.

En el caso anterior, Mytilus sería el Género y a él pertenecerían todos los parientes cercanos del mejillón (todos los Pérez) Hay una larga lista de Pérez -perdón, de Mytilus-, la mayoría de los cuales no son conocidos por las personas normales, por la sencilla razón de que no se comen, pero el hecho de encontrarse con cualquier Mytilus, aunque no tengamos el gusto de conocerlos personalmente, nos indica inmediatamente a qué pueden parecerse.

Por otra parte, el nombre específico (el de la especie concreta) debe utilizarse siempre completo, y en esto se diferencia de los de las personas, es decir, el típico mejillón que nos comemos a la vinagreta no se llamaría nunca edulis, sino Mytilus edulis. El motivo es que el nombre específico (edulis, en este caso) es en realidad un adjetivo (concretamente, edulis no significa otra cosa que “comestible”) y por lo tanto puede utilizarse para referirse a cualquier organismo. Algo parecido les suele pasar en realidad a los Antonios: si queremos especificar claramente, es conveniente utilizar el apellido además del nombre.

Como es lógico existen también unas mínimas reglas de ortografía que hay que respetar a la hora de escribir nombres científicos y que, básicamente, son dos:
- El Género va siempre con mayúcula (Mytilus) y la especie con minúscula (edulis)
- El tipo de letra debe ser distinto del resto del texto (normalmente cursiva o, al menos, subrayado) para evitar confusiones.

Hasta aquí lo más básico y fundamental (suficiente para cualquier persona no especialmente interesada en el tema), pero las cosas pueden empezar a complicarse bastante cuando queremos añadir más información que la expresada puramente por el nombre. Concretamente es muy habitual encontrar, sobre todo en publicaciones medianamente serias, un nombre y una fecha añadidos tras el nombre científico, algo del estilo: Mytilus edulis Linneo, 1758. No es difícil imaginar lo que significan: son el nombre del científico que describió por primera vez la especie, y la fecha en la que lo hizo.

El récord absoluto de descripciones lo tiene, como es lógico, Linneo ya que fue él quien inventó el sistema y lo primero que hizo fue dedicarse a ponerle un nombre a todo bicho viviente. Nótese que el autor que figura en el nombre científico es quien describió “oficialmente” la especie, no quien la descubrió: los perros y los gatos (y los mejillones) eran bien conocidos antes de Linneo, pero a pesar de ello, llevan su nombre.

La ortografía de este añadido al nombre científico es algo más flexible que la comentada anteriormente: suele escribirse con letra normal y se usa una coma (aunque no es obligatoria) para separar nombre y fecha; a veces el nombre del autor se abrevia (Linneo = L.; Lamarck = Lam.) aunque no es una costumbre aconsejable, salvo que se trate de autores muy conocidos. Con lo que sí hay que tener cuidado es con los paréntesis, porque su uso, como veremos a continuación, tiene unas implicaciones importantes.

Pero antes de comentarlas, debemos pararnos un poco a pensar en la realidad de la ciencia. Cuando un científico describe una especie nueva lo hace a partir de unos cuantos (a veces incluso uno sólo) ejemplares que ha encontrado (o que algún aficionado o un colega le han enviado), uno de los cuales se convertirá en el ejemplar “tipo” de la especie (pero eso es otra historia) y lo primero que debe hacer es asegurarse de que dichos ejemplares no pertenecen efectivamente a ninguna especie conocida.

Aquí tropezamos con el primer problema, porque muchas veces no es fácil asegurarse de que alguien en algún momento de la historia reciente no haya nombrado ya a esa especie, sobre todo si lo ha hecho en un medio de difusión limitada, pongamos por caso la revista de la Asociación de Amigos del Mejillón de Katmandú. En tal caso, nos encontraremos tarde o temprano con que la misma especie ha recibido en la práctica dos nombres diferentes: uno de ellos será inevitablemente un sinónimo del otro y habrá que desecharlo. Siempre se le da preferencia al nombre más antiguo de los dos, salvo que pueda demostrarse que nadie lo ha utilizado en ningún sitio durante más de cincuenta años, en cuyo caso se le considera un “nomen oblitum” (nombre olvidado) y se le jubila honorablemente, pasando la preferencia al sinónimo más moderno.

Pero no es ésa la única situación que origina sinónimos, y por tanto problemas y complicaciones. Bastante más habitual es que el autor que describe –y nombra- la nueva especie lo haga pensando que determinado detalle (digamos el tener la concha retorcida en la punta) la hace única y diferente, cosa en la que sin embargo otros autores no están de acuerdo por lo que no aceptan la nueva especie como válida y la consideran un sinónimo de otra especie ya conocida (a la que, excepto por el detalle de la concha, se parece como dos gotas de agua) Estos casos tienen difícil solución, entre otras cosas porque suelen convertirse en cuestiones personales y de prestigio científico y los científicos resultan ser tan humanos a este respecto como el resto del personal.

Otra posibilidad relativamente frecuente es la de que una especie válida sea trasladada de una Familia o de un Género a otro debido a que estudios posteriores demuestran que en realidad no está emparentada con quienes se creía, sino con otro grupo de organismos (normalmente parecidos) Así por ejemplo, la caracola que Linneo nombró como Buccinum cornutum, se conoce en la actualidad como Cassis cornuta (Linneo, 1758) El hecho de que ése no sea en realidad el nombre que Linneo le puso es precisamente lo que viene indicado por los paréntesis en el nombre del autor. Obsérvese también que el Género (taxonómico) tiene género (gramatical) y así resulta que mientras que Buccinum es masculino, Cassis es femenino y por lo tanto el nombre específico debe también adaptarse (cornutumcornuta) a ese cambio de género (que no de sexo)

En un intento de evitar todos estos conflictos se creó la ICZN (Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica) que actúa como comisión de arbitraje con más o menos fortuna (como todos los organismos internacionales) Esta integrada por especialistas mundialmente reconocidos, pero sus dictámenes, evidentemente, no son (no pueden ser) de obligado cumplimiento y se quedan en meras recomendaciones, aunque, en honor a la verdad hay que decir que son habitualmente respetados.

Pero desgraciadamente, todas las situaciones antes comentadas tienen efectos colaterales: mientras se aclaran o no las cosas, los libros, estudios y trabajos siguen publicándose y resulta imposible pretender que un libro publicado en el año 85 refleje los cambios que se han producido con posterioridad a dicha fecha. Esto provoca tremendas confusiones entre los interesados no especialistas que ven cómo tres libros distintos asignan tres nombres diferentes a lo que, evidentemente, es el mismo organismo.

La situación resultaría relativamente fácil de resolver, si los autores fueran auténticos especialistas en Nomenclatura (cosa que no suelen ser) o al menos hubieran hecho un estudio exhaustivo para preparar la edición, ya que entonces bastaría con fiarse del texto más moderno. En la práctica esto no es en absoluto fiable: pueden encontrarse aún en libros de los 90 nombres que ya eran obsoletos en los 50. Así pues, lo único que puede hacerse es informarse uno mismo o confiar en el prestigio de un autor –o una editorial- en concreto y ponerse en sus manos...

La cosa podría complicarse aún más si tenemos en cuenta la existencia de Subgéneros, las poblaciones locales o la significación de los Tipos, Paratipos, Lectotipos y demás, pero ésos ya son temas para verdaderos especialistas (o curiosos incorregibles) así que no vamos a mencionarlos aquí. Creo que con lo expuesto cualquier aficionado tendrá una idea mucho más clara de lo que significan los nombres científicos y ésa era únicamente la intención inicial de éste artículo.